Manuel Guàrdia *

Contra la Incontinência Urbana. Reconsideración Moral de la Arquitectura y la Ciudad

Oriol Bohigas. Electa, Barceona, 2004.

Aunque se estructura en una serie de artículos, como otros del mismo autor, y obedece a la misma voluntad polémica, este libro no es el resultado de una recopilación de textos aparecidos previamente en revistas o periódicos. Surge como un proyecto conceptualmente unitario, con la intención de sistematizar y ordenar ideas planteadas con antelación de forma dispersa y en lugares muy distintos. Ofrece un balance de urgencia, un tanto decepcionado respecto a la situación actual de la arquitectura, contemplado desde el propio recorrido intelectual del autor, y se organiza en una secuencia preconcebida como una triple crítica, a la arquitectura, a la ciudad y a la profesión. La intención queda resumida con rotundidad gráfica, como una toma de postura contra "una arquitectura que no quiere serlo, en una ciudad que no puede serlo, con unos arquitectos que no lo son". Las líneas esenciales de esta triple crítica quedan claramente trazadas en la introducción y en la recapitulación final.

Toma como punto de partida y dedica los primeros veinte capítulos a la arquitectura y a sus atributos artísticos. Tema central en el itinerario crítico del autor, que arranca en los años cincuenta, cuando la disciplina renuncia a las pretensiones de dirección social, pero renueva el compromiso con los principios éticos del movimiento moderno. En este nuevo contexto, la arquitectura comprometida debía aportar los fermentos críticos para un cambio que desbordaba el contexto disciplinar, y centrar su acción en la experimentación formal y lingüística. Esta implicaba, necesariamente, elementos de revuelta contra lo consensuado, ruptura, sorpresa, exploración de nuevos registros sentimentales..., pero debía además servir y educar, establecer modelos. Se trataba de una dinámica creativa en la que la excepcionalidad de la obra artística buscaba su incidencia en las regularidades de la arquitectura cotidiana.

La vigencia de estos presupuestos ha resultado hoy cuestionada por el uso agresivo de estos atributos artísticos en las obras punteras de la arquitectura actual. Se ha exacerbado su carácter excepcional, su dimensión icónica y espectacular, en función de un contexto político y económico penetrado por un entorno mediático invasivo y extremadamente competitivo. Una arquitectura que no expresa, como era usual, los sistemas constructivos, ni los sistemas de fluidos, y que tiende a subrayar exclusivamente los valores plásticos de su piel. Por otra parte, independientemente de su calidad, que no se discute, el carácter creciente de piezas únicas les niega el valor de modelo que ha tenido históricamente la mejor arquitectura. El resultado es la creciente dicotomía entre la arquitectura ilustrada y el cajón de sastre de la construcción corriente, donde el ochenta por ciento de la producción es de una calidad espuria. Todo ello reflejo de una superestructura cultural hegemónica incapaz de expresar contenidos positivos, válidos en un sentido colectivo. Paradójicamente, en un momento que las arquitecturas monumentales más novedosas gozan de una aceptación pública masiva, éstas han roto los puentes con el resto de la producción edificada y se desentienden de la ciudad.

La ciudad, el tema de los quince capítulos siguientes, es justamente la sustanciación de estos contenidos colectivos, y en ella, la arquitectura y el urbanismo son instrumentos fundamentales para la construcción de la urbanidad. Siguiendo la línea de revisión de la herencia del urbanismo del movimiento moderno, reivindica algunos valores claves de la ciudad histórica, y entre ellos destaca tres elementos fundamentales en la definición formal de las ciudades. En primer lugar, la confluencia, flexibilidad y superposición de funciones, incluso la sublimación de los conflictos. En segundo lugar, la compacidad espacial y representativa. Y, finalmente, la legibilidad del espacio público.

La prioridad dada a la organización por funciones mediante el zoning y una morfotipología urbana basada en el bloque aislado en espacios sin forma ni significación propia, resultaba de unas expectativas de revolución social que no se cumplieron, y de una percepción tecnológica que se demostró esquemática. Sin embargo, aún hoy los planes generales utilizan estas herramientas que se han convertido en instrumentos de control inoperantes, han permitido, especialmente en España o en Italia, una gestión permisiva ante la especulación y, sobre todo, han sido generadores de antiurbanidad. Contra las rutinas del planeamiento, contra la facilidad de gestión y producción de los bloques monofuncionales, contra su aceptación por los starchitects que privilegian su lucimiento personal por encima de la resolución de los problemas colectivos, se reafirma la defensa de la mezcla y superposición de funciones diversas, y de distintos tipos de vivienda en un mismo barrio y en un mismo edificio.

Las ideas antiurbanas, reactivadas por los progresos telemáticos, aunque arrancan de una ideología social progresista, han acabado siempre en el establecimiento de fórmulas conservadoras desintegradoras de la esencia colectiva de la ciudad. Las periferias son los grandes instrumentos de degradación y de segregación. Resultan, en la mayoría de los casos, de una operación económica claramente especulativa, que construye lejos del centro, en terrenos baratos que no participan de los gastos de los grandes servicios colectivos. No hay otra respuesta a esta expansión desbocada que la "reconstrucción" de la ciudad consolidada. Siguiendo los ejemplos de Berlín y Barcelona desde los años 80, se trata de rehabilitar, compactar, reutilizar lo construido para funciones nuevas o complementarias. Es una exigencia social, para superar la pérdida de urbanidad, y también una exigencia económica.

La plurifuncionalidad y compacidad sólo cumplen su objetivo de urbanidad si resultan legibles. Esto significa que no se pueden soslayar los elementos básicos del léxico que ha consolidado la herencia urbana europea y que han articulado, y articulan, su espacio público: la calle, la plaza, el jardín, el parque, el monumento... En este vocabulario básico destaca la importancia de la calle, identificada con la calle tradicional denominada por los racionalistas como "calle-corredor", que es el receptáculo de casi todas las funciones urbanas. La reducción de la complejidad funcional de las calles supone anular uno de los primeros factores de urbanidad.

La forma de la ciudad es un elemento fundamental para su buen funcionamiento y para su adecuada interpretación. Frente a las insuficiencias del plan general, el proyecto urbano se ofrece como el instrumento insustituible. "No es ni un proyecto arquitectónico, ni un plan urbanístico. Define la forma y el contenido de un fragmento de ciudad desde el espacio público a la arquitectura, en términos suficientemente precisos para que a partir de él se pueda iniciar una sucesión de proyectos hasta su ejecución". Determina las características funcionales y simbólicas, somete la arquitectura a la ciudad, impone criterios de plurifuncionalidad, compacidad y legibilidad. Establece la forma del espacio colectivo, los contenidos y los tipos formales. Se trata, con todo, de un instrumento con limitaciones espaciales y temporales. En cierta forma, resulta necesario resucitar el plan general, aunque con rasgos muy distintos al que ha sido habitual. Un documento esencialmente político, sobre una escala espacio temporal no gestionable desde el proyecto.

La crítica de la profesión tiene un peso menor, cuatro capítulos, y una argumentación que subraya signos de disolución que minan el ámbito formativo y profesional. Trata, en primer lugar, la desorientación de la enseñanza de la arquitectura y muy especialmente de su eje pedagógico que, centrado en los proyectos, se ha desviado del realismo y la investigación hacia la superficialidad, el episodio artístico y el espectáculo. La situación actual le lleva a reconsiderar la centralidad de la asignatura de proyectos, que había defendido durante años, para dar prioridad nuevamente a las asignaturas teóricas.

De los cambios que advierte en las formas de proyectar y construir, y de los vicios de la mayoría de los encargos subraya aquellos aspectos que han restado control y autoridad al arquitecto, y que le empujan hacia la "funcionarización". Por otra parte, recuerda la pérdida de la exclusiva en el campo del diseño, con la aparición de especialidades como los urbanistas, los paisajistas, los decoradores y los diseñadores, fragmentación que juzga en términos nada positivos. De la misma manera que desaprueba, en el ámbito académico, la división en departamentos que rompe la unidad pedagógica. El libro concluye, antes de la recapitulación final, con un paréntesis autocrítico y elogio de la arquitectura que, aunque lima algunas aristas no hace más que confirmar los argumentos más críticos y más pesimistas.

Todo el libro es, en definitiva, la manifestación de un malestar, sin duda el motor del libro, derivado de una contradicción interna surgida en el mismo seno del universo de los valores modernos. Éstos postulan y confían en el carácter revulsivo y anticipador del arte. Sin embargo, en el campo artístico se han consolidado y consagrado en los últimos tiempos unas arquitecturas, que han adquirido una dimensión y una relevancia pública totalmente inéditos, pero que se muestran totalmente refractarias a estos mismos valores modernos.

Más allá de las líneas críticas portantes, en buena parte expuestas con antelación en distintas ocasiones por el autor, la lectura ofrece el interés de un pensamiento en marcha que no oculta, bajo la rotundidad de sus afirmaciones, dudas y rectificaciones. Es en este sentido muy significativa la intercalación reiterada de capítulos en forma de paréntesis correctivos y autocríticos, que se combinan con la revisión de afirmaciones defendidas en el pasado. La propia forma del texto refleja la aproximación crítica propia del autor, que no ha desarrollado nunca su actividad intelectual en el pautado ámbito académico, ni ha tenido como objetivo prioritario construir un sistema teórico. Más bien ha sido otra forma de intervención, en su trayectoria múltiple, proyectual, crítica, ciudadana y política. El resultado de la exteriorización de una reflexión no exenta de incertidumbres.

El carácter disgresivo del discurso, los ejemplos, las experiencias proyectuales, las referencias críticas, los interrogantes, las dudas, los paréntesis correctivos..., aportan quizás una de las partes más atractivas del texto, que nos hace conectar con un proceso de reflexión y con un universo intelectual que es, como afirma el propio autor, personal y beligerante. Pero es, también, un universo generacional lo que acrecienta su interés, y nos abre la puerta a otros balances pendientes que hoy empiezan a ser urgentes. Entre ellos el que se perfila como una de las carencias más inexplicables: la falta de investigaciones sobre el autor y sobre la configuración de un campo de ideas y de opciones proyectuales que han ejercido una extraordinaria influencia en nuestro entorno crítico y profesional.


(*) Manuel Guàrdia, Profesor de Composición, Universitat Politècnica de Catalunya, manuel.guardia@upc.es