Qué ha acaecido en la Barcelona de los años 80-90? ¿Cómo podemos caracterizar el urbanismo barcelonés reciente?

Joan Campàs Montaner

Una de las ideas centrales del proceso de transformación de la Barcelona de Porcioles a la Barcelona de nuestros días hace referencia a la sustitución de la vieja idea del expansionismo y de desarrollismo por las nuevas necesidades de la reconstrucción: construir en lo construido, mejorar lo existente, transformar, modificar, rehabilitar, resignificar, subrayar o crear identidades son los objetivos más claros y más inmediatos de la actual política urbanística. Se trata de un urbanismo estratégico y reconstructivo, apoyado prioritariamente en la formulación del espacio público.

Observemos cuáles han sido y cuáles son los espacios en los que se está interviniendo: se trata de barrios construidos (Raval, Poble Nou, Trinitat, Nou Barris, Ciutat Vella...) en los que es necesario abrir un proceso de reconstrucción y de afianzamiento de identidades. Se trata de monumentalizar el espacio público de la periferia para atribuirle un significado urbano y una centralidad, e higienizar el centro sin destruir sus signos de identidad y su testimonio histórico para convertirlo en vitalmente habitable.

El monumento tiene, pues, una doble línea de significación: el contenido rememorativo y la presencia puramente artística, ambos integradores de la memoria colectiva. Hasta ahora, el espacio público tenía fundamentalmente un carácter residual, era un mero espacio vacío que servía de reserva higiénica, de espacio para tomar el sol y para la vegetación, para el esparcimiento de niños y niñas, para aparcamiento. A este carácter residual se le añadía su discontinuidad: la ciudad se nos manifestaba como un tejido discontinuo poblado de objetos arquitectónicos, entre los que los lugares de circulación y de distribución tenían como únicos objetivos los que expresan dichas palabras, es decir, conectar entre sí objetos concebidos con una total autonomía los unos respecto a los otros.

En los 80 se inicia el proceso de transformación de la ciudad a partir de una concepción distinta. Los arquitectos han dejado de diseñar casas de vecinos, chalets, interiores..., para enfrentarse a grandes espacios, ya construidos, con entornos de arquitectura poderosamente establecida con relación al espacio público. Se intentaba reelaborar una verdadera arquitectura del espacio público, sobre todo en los elementos arquitectónicos y en su diseño, en la calidad visual y táctil de los materiales, trazos y geometría global.

Y se ha trasladado al espacio público la manera de hacer en el espacio doméstico. La arquitectura de Barcelona (Coderch, Sostres, Moragas, Mitjans, Vilaplana i Piñón, Dani Freixes, de Torres i Martínez Lapeña, Calatrava, Solà-Morales, Bernardo de Sola, Bonell i Rius...) de los últimos 30 años tiene unas cualidades que sólo se explican por su cuidada atención a la escala menor, la construcción de la forma a partir de la atención por los detalles, una sensual atención al material y al acabado, una convergencia poco problematizada entre innovación y tradición, un gusto sentimental por los referentes, una tendencia pintoresquista en la percepción de los espacios, un evidente realismo en su tecnología constructiva y un gusto dominante por los que se habían dedicado al mundo privado y doméstico. Es fácil comprobar, en muchas de las actuaciones en el espacio público de Barcelona, la persistente presencia del intimismo privado de la tradición barcelonesa.

Podemos contar hasta cinco tipos distintos de diseño urbano en Barcelona: las puras elaboraciones de los modelos urbanos del siglo XIX, evidentes sobre todo en la obra de Manuel Solà-Morales y Rubio; trabajos modernos altamente estructurados, como la Plaza de los Países Catalanes de Helio Piñón y Albert Viaplana; un enfoque altamente económico consistente en la restauración del pavimento, la vegetación y el mobiliario preexistentes (Plaza Real, restaurada según el proyecto de Federico Correa y Alfons Milà, o las plazas de Gracia, transformadas por el equipo de Jaume Bach y Gabriel Mora); obras neohausmannianas, como son la avenida Gaudí o la Vía Julia, e incluso el parque del Escorxador y la plaza Tetuán; mejoras cívicas cuyo carácter e interés depende casi exclusivamente de la escultura pública que contienen. Es el caso de la Plaza Sóller, animada por la escultura luminosa semitranslúcida y ornamental de Xavier Corberó, o la plaza de la Palmera, rodeada por dos muros radiales de hormigón diseñados por el escultor Richard Serra.

La estética de la ciudad no es una cuestión de belleza o de fealdad, sino de significados. La ciudad ha sido y es la estructura principal de la integración social y política, un enlace funcional entre lo particular y lo general, el individuo y el Estado. La ciudad no es un monumento, sino un organismo que se mueve, que cambia y que evoluciona; y no tiene que ser hecha para los ciudadanos, sino por los ciudadanos.

Actualmente, no obstante, la comunidad original de la ciudad, que tenía un interés incluso afectivo por su figura tradicional, ha quedado reducida a una minoría. La memoria colectiva ya no es un factor de cohesión: el mismo caudal cultural, patrimonio y fundamento histórico de la comunidad, ya no lo siente como propio una gran parte de la población inmigrada. ¿Cuánta gente se siente ligada afectivamente a su ciudad? ¿Puede aún la ciudad actuar como elemento de integración, como creadora de formas de vida comunitaria?

El problema se agrava si tenemos presente que la especulación ha dividido la ciudad en dos zonas: el centro, reservado a los negocios, y la periferia, destinada al hábitat. Dos mundos socialmente y funcionalmente distintos, separados, aislados. Y cada uno con problemas específicos: un centro congestionado, que reúne desde los edificios más modernos, de los bancos y los grandes almacenes, hasta los edificios más antiguos de los barrios más depauperados, y una periferia, caótica, sin urbanizar y sin ninguna personalidad e identidad, excepto por la propia consideración de periferia.

Hoy, las medidas de Hausmann no tendrían sentido. No es tanto un problema de bisturí como de terapia recuperadora. La ciudad parece pedirlo: es preciso mejorar lo existente, transformando y modificando los disparates de la etapa Porcioles, rehabilitando los viejos edificios, resignificando calles y barrios, dignificando áreas marginales...

Ante este cúmulo de problemas, parece que la actuación constructiva y reconstructiva sobre Barcelona está enmarcada por las siguientes coordenadas: (re)dotar al espacio público de la función estructuradora del tejido urbano; crear proyectos urbanos unitarios (Villa olímpica) que tengan la huella personal de su autor; superponer a las funciones primarias del espacio urbano (circulación...), funciones secundarias (o significativas); higienizar el centro sin destruir su identidad y su testimonio histórico; monumentalizar el espacio público para dotarlo de significado urbano y de centralidad; crear y afianzar identidades; (re)construir la ciudad a partir de los barrios.

Joan Campos M. é professor titular de Arte, Estética e Hipertexto em Estudos de Humanísticos de la Universidade Aberta da Catalunha. Este texto faz parte do seu Curso de História de Arte Universal (Capítulo Arquitectura do Século XX).